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08 diciembre 2025

Los libros de Gego

Krysolga Coelho
Desde el inicio de su obra artística, Gego ejercitó y desarrolló distintas técnicas en la fabricación de libros hechos a mano. En esta cápsula, la investigadora Krysolga Coelho nos presenta las primeras de estas piezas junto con una reflexión del valor poético en su creación.

Cuaderno verde, 1961. Foto: Angela Bonadies ©Fundación Gego

Algunas de las primeras obras de Gego, curiosamente, fueron libros. Mucho más adelante, a lo largo de su carrera, realizó una buena cantidad y fueron muy variados: ediciones únicas, seriadas y otras en colaboración con distintos artistas. Pero me voy a concentrar en las primeras creaciones hechas de manera más artesanal. Siempre me ha llamado la atención eso que podemos llamar la primera obra de Gego. Me parece que es una buena muestra de sus indagaciones o curiosidades más tempranas. Se trata de un cuaderno donde copió e ilustró con acuarelas un cuento infantil: “Del niño que quería que lo llevaran a todas partes”, de Friederick Rückert. Tenía alrededor de 14 años y no es difícil imaginar a Gego niña jugando a reproducir un libro que muy probablemente apreciaba. Desde ese entonces, las posibilidades del libro y de las historias estuvieron cerca de ella.

Unos años después, mientras estudiaba arquitectura en Stuttgart, Gego realiza en unas vacaciones un viaje con su familia, documentado mediante fotografías tomadas por ella. Ya de regreso, después del paseo, revisa las fotografías y se da cuenta de que faltaron elementos importantes en ellas y debe completar el registro del viaje. Entonces dibuja y pinta lo que hace falta y escribe un poema1:

Gego ordena y enumera en unas cartulinas las fotografías y los dibujos, y va formando así un relato muy íntimo del paseo familiar. Todo, junto al poema, lo reúne en una carpeta, creando de esa forma sencilla un libro que regala a su madre.

En la década del sesenta, cuando ya era una artista, el libro sigue siendo un soporte cercano y crea objetos como Poema n. 1 (1960), donde hojas blancas encuadernadas presentan distintos tipos de hendiduras, puntos que son agujeros junto a líneas también perforadas, forzando la transparencia del soporte. Buscamos leer el poema y nos convertimos en observadores de esta composición.

Construí un castillo en el aire para estar con ustedes
Fue construido y lo habité.
Para saber que no todo había sido un sueño,
Tomé fotos, muchas, de todo un poco.
Cuando en casa contemplé el relato fotográfico,
Me di cuenta con tristeza de que ustedes no estaban en él
Sólo había casas y montañas y árboles,
Pero nada de la travesura familiar.
Comencé a tratar de completar lo iniciado (...)

Poema n. 1, 1960. Fotos: Gabriela Fontanillas ©Fundación Gego

Otro ejemplo de un libro con un título igual de atrayente es Pequeño poema negro (1961). Aquí un hilo atraviesa las páginas oscuras y pareciera que la intención es crear el poema mientras muestra el recorrido del hilo. Gego nos muestra aquí, como después lo siguió haciendo, que los materiales en su sencillez pueden contar historias y crear poesía.

Pequeño poema negro, 1961.Foto: Reinaldo Armas ©Fundación Gego

Desde el comienzo de sus indagaciones, las formas del libro le ofrecen a Gego un formato donde desarrollar aquello que necesita expresar, ya sea un juego, recuerdos o las indagaciones de una artista. Así, nos hace pensar en la potencia de este objeto y en la manera en que lo utilizamos. Aunque el libro es un objeto tridimensional, la lectura se realiza en un campo bidimensional, siguiendo las palabras a lo largo de una página. Estos objetos hechos por Gego nos resaltan y recuerdan las dimensiones reales del libro y el lugar que ocupa nuestra lectura. El libro es para ella otro espacio donde explorar posibilidades y lo lleva a su máxima expresión plegando el papel y haciendo pasar distintos hilos por los pliegues como en Cuaderno verde (1961).

La idea de libro está llevada aquí cerca de sus límites, pero con mucha sutileza Gego juega en ese extremo sin trastocar el concepto de libro como un objeto que funciona gracias a la unión de sus partes. Es decir, los libros de Gego siguen siendo libros. Sus páginas conforman una obra que tienen un sentido al unirlas, como las acuarelas que hizo cuando era niña, la carpeta donde contó un viaje, la composición del primer poema, el recorrido del hilo por las cartulinas negras o los nudos del cuaderno verde. A ningún lector se le ocurriría separar estas obras que funcionan como un todo, como lo hacen los libros. Además, más allá de sus características físicas, estas creaciones siguen de cerca y con delicadeza los caminos de una narración. Estos libros nos muestran un comienzo, tienen nudos y desenlaces. Por otro lado, pueden ser también versos sutiles —por agudos y delicados— que potencian el espacio vacío de la página en el que nosotros, lectores, podemos practicar aquello de respirar entre las imágenes.

Estas obras nos hacen pensar en los elementos necesarios para crear una imagen y nos hacen notar que aquí los materiales, despojados del peso de las palabras, tienen la libertad de significar. Además, tienen un tiempo, igual que todas las historias, distinto al tiempo del mundo. Y cuando logramos darles un lugar en nuestros días, tenemos acceso a una zona donde elementos muy sencillos tienen la potencia de crear memorias: hilos, hendiduras, dibujos, fotografías. Así se convierten en una oportunidad para volver a mirar el libro como un objeto que tanto ha hecho por nuestra imaginación y pensar en el espacio que ocupan las historias

Notas

1. Huizi, María Elena y Josefina Manrique. Sabiduras y otros textos. Houston: The Museum of Fine Arts, Houston; Caracas: Fundación Gego, 2005, p. 249.

Krysolga Coelho (Ciudad Bolívar, 1989) es Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Trabaja como investigadora y ha prestado sus servicios, principalmente, en el proyecto Catálogo Razonado de la Fundación Gego. Además, le interesa la historia del libro y las casas editoriales en Venezuela.